viernes, 1 de julio de 2011

Mil y un momentos

¿Qué es la vida, sino un cúmulo de momentos?

Situaciones, vivencias, conversaciones, experiencias... que nos van marcando, para bien y para mal.

Aunque, sinceramente, prefiero pensar que siempre para bien.  Al fin y al cabo, de todo podemos sacar una lección.  Y creo que todo lo aprendido es, en última instancia, bueno.

Estos últimos meses están siendo para mí una especie de "cursillo acelerado de sensaciones", ante las cuales he tenido que saber reaccionar de diferentes maneras: calculadas, improvisadas, inesperadas... desesperadas...  Meses en los que he descubierto facultades que desconocía tener y que no han aflorado hasta después de sufrir una inmensa pérdida; en los que he descubierto que, por suerte, tengo un trabajo maravilloso, absolutamente genial, que me llena, casi hasta desbordar, de satisfacción, de alegría... de cariño, bondad, ilusión.  Todo ello "por culpa" de veinticinco niños y niñas de siete y ocho años...
Meses en los que he descubierto que, con un poquito de tesón, constancia y esfuerzo, se pueden alcanzar grandes logros.  Sobre todo si lo haces acompañado de un grupo lleno de gente extraordinaria, capaz de sacar lo mejor de uno mismo en todos los aspectos.  Gente capaz de hacer olvidar o de, por lo menos, aligerar incluso los peores momentos de la vida (...o de la muerte), con un apoyo continuo y gratuito.  Gente vital, que no hace más que contagiar a quien con ellos está.
Meses en los que he descubierto o, por lo menos, intuido mis límites físicos y psicológicos, siendo capaz de adaptarme y enfrentarlos.  Eso sí: nunca solo.  Seguramente, mucha gente me podría decir lo contrario, "siempre solo".  No soy muy dado a pedir ayuda, a buscar socorro, apoyo, en los demás.  Pero, sinceramente, siempre los he recibido, sin necesidad de solicitarlos (incluso sin que los otros fuesen conscientes de ello).  Todo porque soy un tipo con suerte al cual le han rodeado personas buenas.
Meses en los que he descubierto... que las decepciones pueden llegar total y absolutamente por sorpresa, incluso a través de nimiedades del día a día.  Incluso a través de quien ni siquiera cabe esperar.

Como digo, momentos.  Tantos que es imposible abarcarlos todos en un simple texto, con una simple memoria humana y falible... pero, eso sí, lo suficientemente hábil como para hacerlos surgir de vez en cuando y poder compartirlos.  Por suerte o por desgracia...  No, sólo por suerte, todos y cada uno de ellos dejan en nosotros una huella muy valiosa, una lección que, lo queramos o no, acabaremos compartiendo con los que con nosotros están.  Porque son esas lecciones las que nos moldean, las que nos hacen como somos.  Son esos momentos los que van forjando nuestra persona, nuestra vida.

Carpe diem, size the day... atesora cada momento, no porque no vaya a volver a pasar, sino porque siempre, de una u otra manera, lo podrás recordar.

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